Íbamos los dos de pie en el autobús.
Ya nos conocíamos, aunque no desde hacía mucho tiempo. Se la veía bien. Se la veía llena de vida, y de energía. Ella irradiaba juventud (a pesar de verse mayor que yo) irradiaba juventud y vitalidad. Esa vitalidad que nos falta a todos los vampiros. Esa vitalidad que tanto deseamos, …que tanto necesitamos.
Lo que más me atraía de ella era su inteligencia. Ella era inteligente. Inteligente y de un corazón bondadoso, o al menos eso parecía. Ambas cosas me atraían.
De pie, uno frente al otro dentro del autobús, la invité a ir cenar a un elegante restaurante de la ciudad.
Ella me mando a cagar.
No me mando a cagar precisamente, sino que mas bien me hizo sentir como un tonto anticuado. Ella sabe que no tengo dinero, y yo soy un absurdo con esas invitaciones a cenar a restaurantes, en primer lugar, porque no dispongo del dinero, y en segundo porque es algo pasado de moda y que me hace ver como un personaje del siglo anterior (o al menos eso me dicen)
Ella aceptó sin embargo que le compre algunas frutas y hortalizas. Y yo se las compré ahí mismo, en el autobús. Ella se veía feliz con su canastito de frutas y hortalizas en la mano, aunque algo me decía que lo que ha hacía feliz era el hecho de que yo hubiera entendido que ese era un regalo mas adecuado para la época actual y para la ocasión. En ese momento, fue como si hiciéramos el amor.